Matamba, el Perseverante y El valor de mi camiseta

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En esta edición de UNDÉCIMO ARTE, por primera vez en la historia de esta noble página, mostramos un aporte original en esta sección, que intenta dar a conocer las obras artísticas ligadas a nuestro querido fútbol. En esta edición les traemos el aporte del ugil Gentile – a quien agradecemos por su motivación a enviarnos sus creaciones- quien valientemente ha decidido mostrar a la comunidad dos pequeños relatos de su propia autoría. Dos historias que nos llevan a los potreros, al amateurismo y el amor más genuino por los colores. Vale la pena parar unos segundos para disfrutar de estos cuentos.

Pueden enviar sus obras artísticas (cuentos, pinturas, videos, cortometrajes, documentales, hasta obras de teatro, lo que sea…) a ultimogolcl@gmail.com, para que sean publicadas en esta sección que habitualmente saldrá los días Domingo. Mientras más participación haya, más publicaciones se harán de esta sección.

Matamba, el perseverante

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Para los futbolistas que no agarraron contrato antes de la pretemporada les quedan dos posibilidades: o se preparan físicamente solos y aguardan una oportunidad, o se las rebuscan en las pruebas de jugadores que algunos clubes hacen.

Como cuando vi a Sergio “Matamba” Prieto,un fortachón de metro ochenta y cinco, cargar su morral con los chuteadores, vendas, un par de canilleras, su mejor short adidas y mucha ilusión. Cuatro monedas al bolsillo y la brújula ansiosa del corazón marcando rumbo Norte. Lo veo hacer dedo a un camionero, bajarse en el cruce de la ruta 66, esperar otro camión y enfilar a San Vicente de Tagua-Tagua, a probarse a Velázquez. Pero el general no necesita más soldados, las pruebas están cerradas. No importa, enero recién empieza.

Otra vez a la carretera como un beatnik cualquiera, su rumbo esta vez es Santiago. Otro camión lo carga por la ruta más larga, por Melipilla.(“¿Has comido algo amigo? “Sí, una leche y unos plátanos no más papito, hay que estar en forma”) Se las arregla y llega a Estación Central. Ahí está Ferro, sí, Ferroviarios, el nonagenario club de cuarta (literalmente). Y “Matamba” llega a la prueba de jugadores. Equipado con su mejor pinta, y ante la demora de entrenadores y dirigentes, no espera que nadie le diga algo y arenga a los demás que se prueban a iniciar el calentamiento. Es el primero de grupo, el que grita, el que ordena que ejercicios hacer. Cuando llegan los dirigentes y el técnico quedan impresionados por su personalidad. Contratado. Todo aquel año vivió en el mismo estadio San Eugenio, una bodega acondicionada fue su hotel, o su pensión, o su hogar. Quedó claro que la perseverancia fue su representante.


El valor de mi camiseta

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Mi camiseta podría valer quinientos pesos, por aquella época en que para jugar un partido había que pagar por ella, cuando el club del barrio necesitaba del aporte de sus jugadores y todos costeamos para que la trataran bien, después del partido, la lavandera, la señora Rodelinda, socia antigua del club que lavaba las camisetas con mucho esmero y cariño. Siempre que jugamos mi camiseta estuvo radiante, hasta olía a perfume de verde campeón…

Mi camiseta también podría valer quizás luca y media, la del costo del flete de la camioneta que transportó a la segunda serie a jugar contra Unión Quilico aquella semifinal por la Liga Campesina, cuando jugaba por Rincón Unido. Defendimos nuestra camiseta rojinegra- como la del Milán- con todo pero perdimos en los penales. Igual la recompensa mejoró luego el amargo sabor de la derrota. Una cazuela de pollo de campo y unas copas de vino entibiaron nuestro vencido corazón. Mi camiseta mojada dormía en el fondo del saco…

O la otra vez en que mi camiseta costó un largo viaje al Norte, dormir con ella en el cementerio de El Salvador y despertar aguantando el chorro de un guanaco criminal. Costó una cerveza tibia, una entrada revendida y una tarde de sol y de sed en galería. Pero por fin mi camiseta azul salió campeón y tenía una estrella, estrella que la sentía ganada por mí, era mía, de mi propiedad, por cada grito, por cada canto, por cada viaje, por cada riesgo…

No sé cuánto puedan valer otras camisetas. Sólo sé que una vez vi a un hincha vender una. Pidió diez mil pesos por su camiseta blanca, usada. “Total tengo una nueva y ésta ya está vieja”, dijo al cerrar el negocio. El comprador sonreía, satisfecho por su adquisición. “¿No te la vas a poner?”, preguntó luego el vendedor. “Jamás me pondría esta camiseta”, fue la insólita respuesta del otro, mientras con decisión sacaba un encendedor le prendía fuego a la prenda. La expresión desencajada en la cara del hincha vendedor se resume en sus pupilas dilatadas en donde titilaba la llama que consumió el valor monetario de una camiseta más, de una camiseta vieja, de su camiseta.

El valor que uno le da a la camiseta del club que se eligió para jugar, para hinchar, para seguir, depende de cada cual. La camiseta del club de mis amores no es una lavadora ni un refrigerador que se pueden transar en el mercadillo fariseo del consumo. Mientras los electrodomésticos se reemplazan, anacrónicos, por otros más modernos; una camiseta de fútbol entre más vieja, más añosa y más carreteada, más inconmensurable hace su valor.

Porque no es una polera cualquiera. Porque es la polera de mi club.

Ediciones anteriores: El penal más largo del mundo, Lo que se dice un ídolo, El Césped, Dios es Redondo, 10.6 segundos, Tanta pasión para nada, Lenin en el fútbol, El cuadro de Raulito, Poetas Vivos versus Poetas Muertos, Juan Polti half-back.